viernes, 30 de noviembre de 2018





Queen en Puebla. Una Noche en la Ópera de los Sacrificios


Estaba en el último año de la Carlos Septién y terminaba mi servicio social en la oficina de prensa del Instituto Nacional de Bellas Artes en el viejo DF. Entonces me enteré que venía Queen a México: a Monterrey y a la ciudad de Puebla. Yo los conocía por dos de sus discos: Sheer Hart Atack, mi favorito, y la Noche en la Opera.

En aquel entonces, finales de los setenta y empiezo de los ochenta, ya habían aterrizado algunos de los grandes grupos de rock al territorio mexicano. Procul Harum, Chicago, entre otros; bluseros mitológicos como Willie Dixon, Muddy Watters que oficiaron en al Auditorio Nacional, la cantante Joan Baez y tambien John Mayal al que vimos en el Toreo de Cuatro Caminos. Todos excelentes pero ninguno en la cúspide de su momento como Queen.
 Todos sabíamos que en México estaba prohibida la presentación multitudinaria de las mega bandas roqueras, por juicios pendejos de grupos conservadores y moralistas que pregonaban que el santo rock orillaba al desorden y a los malos hábitos de los mexicanos menores de 30 años; aquella generación inquieta. acrisolada y forjada entre el movimiento del 68 y la era de Avándaro.
 Al parecer, la llegada de la Reina representaba, y así fue, la apertura de los grandes conciertos de rock que gozamos  hoy, en foros y plazas abiertas, como el Zócalo de la ciudad de México.

El sábado 17 de octubre abordé mi camión en la Tapo. Muy propio, de pelo corto, lentes cuadrados, con el único saco y corbata de mi ajuar, porque soñaba, joven e ingenuo, que luciendo como un reportero "serio", armado con un par de credenciales de prensa, podría pasar, así nomás, tras bambalinas. Y con mucha suerte - qué creído yo - acreditar para una entrevista con el astro físico Brian May, mi favorito del grupo.

Llegué a la ciudad de Puebla mucho después del medio día, el concierto era hasta las nueve de la noche. Me comí unos tacos por ahí y mientras me acercaba al estadio Ignacio Zaragoza, pude observar, estacionados cerca del edificio, una docena de tráileres de cabinas de lujo, doble remolques; unos pintados de blanco o de negro, con el logotipo oficial de Queen, otros con el nombre de la gira: The Game.
En la fila de entrada había  unos 100 jabalines. Con mi charola de prensa en la mano me acerqué al portón, a donde estaba un viejo bien vestido, con lentes oscuros y gafete de relaciones públicas del evento. Me presenté y empezaba a expresarle mis intenciones reporteriles cuando escuchamos gritos. En la calzada aparecieron  policías a caballo con toletes, persiguiendo a unos peludos que corrían para todos lados.
 "Se armó la bronca", le dije al tipo de la puerta. Me miró rápidamente y contestó apurado: "¿Es usted de prensa, sí?! Pase, pase adelante¡", casi gritó y me jaló para adentro de la primera valla de acceso. Le hizo una seña a los porteros, que ni me vieron entrar, clavados en el arguende que se desarrollaba afuera.
Así, sin usar mi boleto que me había costado 300 pesos, accedí al estadio Ignacio Zaragoza, al pie de los heroicos fuertes de Loreto y Guadalupe. Sin querer había logrado el primer charolazo de mi vida

Bajé a la cancha, caminé al escenario hasta donde pude. Ya se encontraban muchas personas sentadas ahí, en el suelo, muy tranquilas y serenas. Yo también me acomodé en el piso.
  Estaba pegando fuerte el sol, me quité el saco, la corbata, puse todo en en el suelo, saqué mi libretita y la pluma bic.
 Empezaba a anotar esas primeras experiencias cuando escuché un rumor que provenía del centro de la cancha: una bola de vergas, como una estampida de búfalos, corrían atropellando hecha la madre a los que estábamos sentados. Apenas me dio tiempo de pararme aventando hasta allá bolígrafo y libreta.
 Como en una ola fui empujado primero hacia adelante y luego hacia muy atrás de las cercanías del escenario. Así perdí la corbata y el saco, que quedaron en el suelo y con ellas mis dos credenciales y mi cartera con el boleto de entrada sin usar y la lana justa  para cenar y regresar a México. Y faltaban varias horas para que empezara la tocada.


Al oscurecer aquello parecía la escena de la película de Los Guerreros, cuando se reúnen a escuchar a su líder. En la cancha habían bandas de motocicletos de chamarras de cuero con insignias, artezánganos y jipitecas de todo calibre, punks como garbanzos, de a chingo, luciendo sus cabelleras tomahawk, que estaban de moda en esos días; por un rincón estaba un grupo de chinacos de barrio, descamisados, con brasier negro en la chichi, de boquita y ojo pintado. Habían además muchos pelados cara de porro o guacho, hasta el culo, súper acelerados. También, muy serias y propias, un par de de monjas ancianas  con sus hábitos negros, rosarios y tocas blancas: más tarde alguien me dijo que eran hombres.Y desde luego miles de ciudadanos comunes y corrientes que, me consta, convivieron sin pedos y en santa paz con la crema y nata de la juventud roquera más destrampada de aquellos días lejanos.
Como a las ocho de la noche ya no pensaba tanto en el concierto, ni en las putas entrevistas, sino en cómo iba a regresar, sin paga, a la ciudad de México. 
Afortunadamente, después de mucho deambular me encontré al gran Vladimir Hernández, alias el Tahue, quien fue mi vecino de cuarto de azotea en la colonia Condesa. Este amigo de Sinaloa, ya fallecido, era periodista de espectáculos especializado en rock. Había sido, junto con Carlos Baca, fundador de la revista México Canta; se codeaba con escritores de la talla de José Agustín y Parménides García Saldaña. En ese entonces trabajaba en la revista Conecte, posteriormente fue uno de las gurús del tianguis del Chopo y fundó antes de morir su revista Banda Rockera.
 Pues el Vladi me prestó una lana y nos fuimos a buscar que comer adentro del estadio. No encontramos que tragar, pero sí nos topamos con un su carnal de la colonia Roma. El nos invitó medio litro de mezcal de Guerrero que traía escondido en una cantina disfrazada de binoculares.  
En ese momento etílico, con puntualidad inglesa,apareció Queen en el altar mayor del estadio Ignacio Zaragoza.

Puta madre, traían una montaña en equipo de sonido y unas parrillas de luces como nunca antes se habían visto en México.
Ya no recuerdo con qué rolas arrancó y cuales le siguieron pero Queen era un grupo para escucharlo en vivo, sonaba mil veces mejor que en los discos.

No había tus pantalla gigantes ni tus muñecotes inflables, no hacían falta, sonido puro con la iluminación precisa y los cuatro compas que sabían perfectamente lo que hacían.

  Now iam here, now iam there, i just .... y el big band musical de Brian May y su querida  Red Special, color cereza - construida a la medida por él y su papá- que gemía con sonidos inigualados por otra guitarra eléctrica. Y la batería del meco Roger Taylor que seguramente retumbaba hasta las laderas nevadas del Popo y el Iztaccihuatl. Ahí supe que Taylor es el cantor  de ese rolón de su autoría conocido como "Estoy enculado de mi Carro". Y más adelante, el bajo hipnótico de Deacon, celebrando a los pendejos que les gusta masticar el polvo - que por cierto, muchos lustros después, se las dedicaba a mis jefes culeros de la tele cuando los echaban a la calle - y toda la masa humana frente al escenario, levantando los puños en cada golpe de cuerda y de bataca.
 Al frente del caos,  Farrok Bulsara, la reína madre, más conocido como Frediee Mercury girando por todo el escenario, hecho una loca, con el pedestal del micro en lo alto, la diva, poseída, dueña absoluta de la noche,  pregonando we will rock you. Prepárense putos porqué le voy a sacudir el cerebro y el espíritu. Una advertencia que los cuatro miembros, bien parados, de la emperatriz poblana lograron de inmediato.


Y en el estadio todo era juego de luces y un sonido potente, rebelde que de repente acariciaba cuando Frediee bajaba al pozo del piano y se aventaba Amor de mi Vida - coreada por el público ligth, sobre todo - o la tremenda Reina Asesina.
La apoteosis fue cuando salió Mercury sin camisa luciendo un sombrero de charro, al estilo del cómico Resortes, Resortín de la Resortera, y aquí está Queen para lo qué usted quiera y dónde quiera. Se soltó el clamor, de gusto, de identificación que marcó en definitiva la empatía de México con este grupo. Dicen las malas lenguas que este gesto encabronó al público, pero pensar éso sería desconocer la idiosincrasia del mexicano banda, que les encanta el desmadre y la parodia.
 En la brincadera del baile, un chamaco lucía su camiseta con la estampa del rostro de Ignacio Zaragoza.
La rapsodia bohemia también fue alucinante. Cuando entra la parte de los coros gregorianos, que obvio, por la dificultad técnica, no puede ser cantada en vivo, ellos salen del escenario dando pie a un espectáculo de luces de todos colores y variantes, que se encienden y apagan al ritmo de los cantos belcebucianos. Y esto da fin con un regreso espectacular de los músicos y la parte mas prendida  de la rola. Bestial.

Nunca nos enteramos en que momento empezó lo que hoy se conoce como la agresión al grupo.
En lo que seria la recta final del concierto nos pudimos acercar a menos de 100 metros del escenario y agudizando la vista observamos que volaban pedazos de pasto, zapatos, líquidos, trapos que parecían trusas o brasieres, principalmente y de manera ininterrumpida.
 El grupo tocaba como si no pasara nada, los guitarristas esquivaban los objetos con cabeceos de boxeador y Mercury muy clavado en lo suyo.
 De cuando en cuando May pateaba de regreso lo que caía cerca de sus pies.
 No se me hizo muy rara la actitud estoica de los músicos, pues los ingleses son correosos, juegan rugby, soportaron bombardeos aéreos en la gran guerra; su cultura futbolera esta tocada por los hooligans, y en aquel entonces estaba de moda el punk, que no era nada pacífico.
La actitud del público que aventaba cosas, que eran los de hasta adelante, sí me sorprendió al principio. Muchos lustros después. leí en  internet que todo comenzó  porque Mercury tenía la costumbre de aventar o escupir agua hacia el publico -como hacía Johny Rotten y Sid Vicious de los Sex Pistols - y eso alebrestó  al personal, que tomó la escupidera del cantante como una invitación a la agresión festiva. A los mexicanos no los invites a echar esos desmadres porque de rayo te toman la palabra.
Horas más tarde, ya medio poéticos, reflexionamos con Vladimir que la agresión a Queen había brotado de manera oscura y espontanea de las profundas raíces del Anáhuac, de inmolar a los mejores guerreros de otras tribus. Que en el regazo de los volcanes se había despertado un Tezcatlipoca de 10 mil cabezas reprimido, sediento de un sacrificio simbólico y ahí estaban esas cuatro estrellas elevando sus corazones palpitantes y sonoros, bajo el cielo mágico de los ángeles de Puebla. Esa noche de ópera sincrética en lugar de pedernales o flores o pañuelos blancos,volaban chanclas, tenis y huarachos al escenario de la piedra de los sacrificios juveniles.
El concierto duró lo que tenía que durar y en ningún momento se suspendió, como escribieron algunos. Terminó en  paz sin incidentes mayores. Mientras la gente desalojaba el edificio, nos aproximamos al escenario y vimos que los del staff regresaban a la cancha toda la zapatería lanzada y también un par de muletas de aluminio.

Esa noche, al bajar a la ciudad, se desataron los vándalos y hubo saqueos y enfrentamientos con la policía. Las estaciones de autobuses fueron cerradas y sin vehículo propio no era posible regresar a México. Así que, entre otros miles de asistentes pacíficos, nos fuimos a acomodar en los portales de una de las plazas de la capital poblana.
Ya para no hacerles largo el cuento. Pasó cerca una camioneta llena de chavos gritando "Queen, Queen"  y el Vladi se  paró haciendo señas y contestó "Aquí no está Luis", porque creyó escuchar que así decían.
 La camioneta se detuvo. Mi famoso compa se acercó y con su don de gentes amarró que nos llevaran en la góndola a un reventón en casa de uno de ellos. 
Era un hogar poblano en el centro de Puebla, los padres del anfitrión estaban en un rancho y, supuestamente, regresaban  hasta lo noche del día siguiente, domingo.
 Con unos buenos discos nos empujamos unas botellas bacardiacas; comentamos el concierto. Muchos ni cuenta se habían dado de la lluvia de zapatos en la noche cuinera.
 Así nos cantó el gallo a la veintena de barracos y un par de morras que estaban ahí y que pernoctamos amontados en las camas de la casa.
 Como a las nueve de la mañana aparecieron en la puerta los papas del anfitrión.
 Despertamos escuchando la soberana puteada que le pegaba el padre al joven de la casa. Lo bueno fue que dormimos con zapatos porque en un dos por tres el Vladimir, un servidor y todo el resto escapamos como chapulines, brincando unos sobre los balcones, otros por las ventanas del baño y por la misma puerta donde estaban los familiares adultos de nuestro joven anfitrión mirándonos anonadados.
Vladimir Hernández se quedó al concierto del Domingo y me prestó unos pesos para regresar a México.
 A esas alturas del partido, agotado, hambriento, crudísimo, no quería saber nada de Queen  ni sus efectos colaterales. Además tenia que trabajar el lunes y asistir a la escuela. Regresé a la gran ciudad pensando que algún día tenía que escribir esta experiencia.
  Nunca imaginé que sería 37 años después 








A la memoría de Vladimir Hernández que hoy descansa en el Tlalocan de los roqueros.

domingo, 9 de octubre de 2016

Hasta siempre Lichita


Era la princesa del Tapachula de los sesentas. Por su belleza congénita y su salero le ponía ambiente a las mejores pachangas del jet set guacalero. Morena, menudita, de ojos como estrellas que proyectaban la alegría de su espíritu y una sonrisa de dientes perfectos que ganaba amistades de inmediato y la atención de la jabalinada de la época. Se llamaba Alicia Díaz Gómez y provenía de la  legendaria familia de exhibidores de películas: los Díaz Bullard. 

Sociable, bailadora le daba coherencia a las tertulias que organizaban las Isasi, las Palomeque, las Pérez, las Parlange, las Monroy y todas las chicas guapas de la élite económica de aquellas tardes lluviosas del Tacaná. En las madrugadas de la segunda avenida sur número 15 no faltaban las serenatas con grupitos musicales de rock, tríos y mariachis, ambientada a veces de plomazos que echaba al aire el más campirano de sus enamorados. Puros pretensos de ligas mayores; entre los que pasaron por la puerta de la casa recuerdo al empresario millonario de Huixtla, al adonis piloto aviador de origen vasco, al espléndido ingeniero regiomontano y a los corazones rotos que dejó en su rápido paso por Europa: al Pino, sobre todo, el italiano que aprendió español para escribirle largas carta de amor, que Alicia leía en voz alta a sus amigas la Kity, la Socorrito y la bellísima Lily. Muchas veces fui su celestino y canchanchán. Ella me arrancó de los arrullos de Cri Crí para aventarme a la música de los Teen Tops y de los Locos del Ritmo, gracias a ella descubrí a los Beatles.
 En un primer viaje a Mérida conoció al hombre que se convertiría en su compañero de toda la vida y se la llevó al mayab. Con él participó en la aventura de regentear un restaurante y centro nocturno de abolengo yucateco, donde se presentaban artistas como Ana Martín, José José, Imelda Miller. Alicia fue la que sacó de los antros y moldeó al artista transexual campechano conocido como la Francis, quien años más tarde sería nacionalmente famoso. Fueron sus años maravillosos y para mí también ya que con el pretexto de darle una visita me escapaba al caribe mexicano cuando Can Cun no existía y en las playas paradisiacas de Tulum no había más que ruinas y pescadores.
Su vida transcurrió a la vera de su marido, trabajando aquí y allá, ella se hizo a su paso, se tornó lejana en la distancia pero en los reencuentros era pródiga en cariño y en presentes sencillos que hasta hoy tengo cerca y en uso cotidiano.
Se me fue hace unos días, en septiembre; una neumonía mal cuidada y la ausencia de su pareja, fallecido dos años atrás, dio al trasto con su ánimo y bajó la guardia permitiendo el adiós definitivo. Me quedé sin mi familia de origen: sin padre, madre y hermanos, como la última hoja de la rama de un árbol, con mis propios brotes pero sin obviar las ausencias que marcaron los primeros años de mi vida y en los que Alicia tuvo mucho que ver y que le agradezco etérnamente. Le sobreviven tres hijos y cuatro nietos. Y como dice el payaso del circo, sonriendo por fuera, triste tras el maquillaje, el show debe seguir, hermanita, tarde o temprano  estaremos otra vez juntos con papá, mamá, nuestro hermano y toda esa gente que nos quiso y que vela por los que quedamos, como tú seguramente lo haces ahora. Hasta siempre Lichita.


martes, 10 de diciembre de 2013

"Qué vasté a llevar"



Cuando era chamaco me metía al mercado de Tapachula por dos cosas. Una era para echarme mi  espumoso chocomil con hielo, en los accesos del Sebastián Escobar, y la otra para leer las  revistas de Kalimán y Memín Pinguín, rentadas a 50 centavos por lectura.

 Me acuerdo de los olores del marañón y del plátano frito; de  las iguanas vivas con la huevera de fuera. De los pescados todavía coleando en cubetas de hielo raspado y las chinas morenas con canastones de chocolate que cadereaban en la bajada del Coatancito.
 Mientras esperábamos con paciencia nuestro turno - en la larga cola de imberbes sin oficio-  para ojear las tribulaciones de la Ma" Linda o las aventuras del Solín contra las Momias de Bonampak, veíamos pasar a la Guera bizca del chicozapote, a la ñora con el guajolotón en la cabeza, al palomero que gritaba" con chilorio y sin chilorio las palomitas".

 Eran muchos eventos, muchos colores y sonidos que se me quedaron grabados en mi alma de niño todavía inocente. Como decía el Clavillazo "pura vida nomás", eso representan los mercados.



Por eso, si quiero conocer un lugar me meto a sus mercados.
Ahí se ve la nervadura que conforma a una ciudad y alrededores. Y si puedo le echo fotos y vídeos pues su plástica expresiva es inagotable.



De vez en cuando, como en este caso, saco mis empolvados huacales con pencas fotográficas y las tiendo para los marchantes que deambulan en el cotidiano tianguis de los medios.

No tanto como para que compren,  sino  para que las magullen un poco con la  cálida atención de una mirada.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Aterrizar Descalzo en el DF


Muy sacalepunta yo, muy chingón, iba a la ciudad de México, después de una ausencia de 10 años. Ahí, en el aeropuerto  Internacional Ángel Albino Corzo, de tacuche, pantalón nuevo corte de sastre, listo para ir a la gran City a recibir unos reconocimientos, brillaba yo como moco de chompipe que sobrevivió la navidad.
Una noche antes, cual debe, busqué mi mejores trapos. Mi ñora planchó las mudas, un buen baño con estropajo, harto champú del fino, una rasuradita y estaba listo para el viaje en avión. Desde 1995, cuando fui al concierto de los Stones en el autódromo, no me había trepado a un aeroplano de pasaje.
Pero había un pequeño problema, no contaba con zapatos propios para un evento en donde te tienes que subir al estrado, ante un publico, a recibir un reconocimiento. Tengo mis tanques de batalla, semi nuevos, de buena calidad, pero no propios para lucir un fino pantalón de corte inglés. Poseo además unos zapatos de vestir, pero un chuchito tierno que tenemos, los mascoteó y los dejó para la basura y de eso me di cuenta pocas horas antes del viaje.
 Así que como a las 9 de la noche, Teresa, mi dueña, le pidió a nuestro hijo Julian David que buscara unos zapatos que él se  había calzado, solo una vez,  para asistir a una boda; como medimos del mismo número podrían servirme. Primero  encontró unos que resultaron ser de mi suegro, pero ya estaban  muy dados al traste. Continuó hurgando en  su ropero, y  finalmente halló el Julían los zapatos de catrín que había usado en la  mentada pachanga del matrimonio de su cunca.
Se veían bien, mi vieja le dio el visto bueno. Inclusive los lustró y quedarón  hasta acharolados. Pues ahí me tienen, el 15 de noviembre muy temprano, en el aeropuerto luciendo regio, en compañía del  maestro Mario Galindo y Alvarado, director de departamento de Television de Canal 10 y un buen amigo además.
Echamos el cafecito en el restaurante desplumadero del lugar y ya cerca de la partida, nos dirigimos al acceso de la sala de espera.
 Me sentía como el pavo real, voy a México de a grapa, viaticado, que es lo mismo, en avión, seguramente a hotel de lujo  y sobre todo a recibir reconocimientos y a algún premiecillo, que bien merecido me lo tengo por la chinga que llevo diario, sobre todo. Ajá.

Eso y más voy pensando muy con la cabeza levantada mientras me aproximo a a la puerta de revisión. Ahí me dan una charola de plástico para que ponga las chivas que llevo en las manos y bolsillos. Empiezo a meter ahí la cartera, las cámaras, mochila y demás objetos cuando siento un jalón extraño en la base del zapato derecho y un viento frió en la planta del pie.
Veo para abajo y simplemente he perdido la suela tacón de mi acharolado zapato. Ahí yacía en el suelo, como que estaba pegada con chicle y al pisar la alfombra se trabó entre la  gruesa pelusa y me dejó con el calcetín al aire.

 Levante la maldita suela e instintívamente la metí en la charola, para que pasara por el scaner de revisión y vieran los cuicos que no iba cargada de ninguna especie de polvo catalíptico.
Así que cojeando pasé el arco detector de metales, dos veces porque sonaba el pito de la alarma y ya veía al Mario que se empezaba a cagarse de la risa mientras me frotaban el scáner de mano entre las nachas y yo gritaba; "che Mario, se  me desmadró el caite".
 Y entramos a la sala de espera carcajeándonos de mi desgracia, con la suela en alto como trofeo, cojeando, la gente sin saber que pedo,  Mario me grabó en video el chiste mientras yo azotaba la chingada suela en el piso.
Nos sentamos cerca de la puerta cinco. Mario sugirió que llegando al Df buscáramos un zapatero para que reparara el entuerto o si no, chíngesumadre, lo pegáramos con pura colaloca.
 En eso entró a la sala Débora Iturbe, la directora del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía de Chiapas. Le pedí al al maestro Galindo que por favor no le dijera nada de mi entuerto.
Al rato subí al avión cojeando, tomé asiento cerca de la ventanilla para grabar despegue. Y ya en el aire,  me dieron ganas de ir al toilet.
Al regresar a mi lugar, ya no siento frió en un pie sino en los dos y voy caminando parejo. Volteo y veo la otra maldita suela tacón, la derecha, a medio pasillo del avión, estorbando el paso del carrito con bebidas que empujaba la azafata,  el cual no podía avanzar,  porque estaba atorado en mi basura.
De un brinco malabaresco destrabé la maldita suela de la rueda del carrito y la desaparecí en el saco donde venía la otra. Me risoteaba sólo como loquito y pensaba: que pinche pedo, me hubiera traído mis botas  del diario. Seguile haciendo caso  a tu vieja. Por  obediente, iba aterrizar descalzo en el DF.
Antes de bajar sopesé los restos del naufragio, el zapato izquierdo ya había perdido hasta el cartón. El derecho todavía tenia pedazos de cartón y tela, que separaban a mi calcetín del suelo. Y me faltaba cruzar  como un kilómetro de aeropuerto hasta la puerta de salida.

Y alla voy yo, muy chingón, muy sacalepunta, pisando la ciudad de Mexico después de 10 años de ausencia, con todo el porte que me fue posible, con la frente muy en alto, en un ambiente musicalizado con el sonido chocleado de restos de cuero de zapato, y rozar de calcetines en el  piso de los pasillos de acceso de la terminal aérea internacional Benito Juárez.
Mis zapatos acharolados se parecían a los de don Susano Cantarranas, papa pulquero de Foforito  Burrón, Eran como barracuditas con la boquita abierta pero chimuelas. Fui dejando los pedazos de carton y tela en el trayecto. Los tiras de vigilancia y los huachos de los perros han de haber pensado "a ese cabrón de seguro le detectaron por el scaner algo raro en las suelas y le despedorraron los zapatos para ver el fondo".Y como después de una revisión de esa, aunque sea fallida, no te regresan las cosas completas, así me veía yo, como colombiano sospechoso que le acaban de revisar hasta las nailas.

Mucho antes de la puerta 10 sólo  calzaba el  puro cuero de los zapatos, sostenido el cascarón por las agujetas. Y la cereza en el pastel:  una fuga de agua en el pasillo, insalvable, que no hubiera podido evitar ni dando saltos, empapó mis calcetines. Ora si de plano, me estaba llegando el frío de la Meseta del Anahuac por las patas.
En cuanto nos subimos al elegante carro que nos facilitó la delegación de Chiapas en la ciudad de México, me quité los pedazos de zapatos y los calcetines.Y así, totalmente descalzo entré muy propio al Camino Real de San Ángel, uno de los hoteles más fufurufos del DF.
 Creo que por un milagro el personal de recepción no me negó el acceso al hotelucho de 29 pisos. Tan atufados y pitijiede que son en esos  lugares. Han de haber pensado que yo era representante de alguna tribu salvaje de Suramérica: quemado de sol, cara de nagual, sin caites, con los pies azules de frío, sin pedicura, de medio traje y con lentes oscuros a la jack Nicholson.
Después de registrarnos, el joven conductor a nuestro servicio me llevó hasta las puertas del mercadito de San Ángel. Lo crucé descalzo, sin importarme las miradas, y al otro lado de la calle compré  calcetines y un  par de zapatos cucos y resistentes de las peleterías excelsas de León Guanajuato.
De regreso al hotel los acomodacoches, los bell boys y los vigilantes de la puerta, aplaudieron, no pregunté el porqué, cuando me vieron llegar bien enzapatado al loby. Esos serían los primeros, de los numerosos aplausos que recibiría ese día. Pero ése es otro rollo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El Nandón























































































































































































 
Hoy 9 de noviembre tengo que hablar del Nandón.  Enorme el barracazo, casi el metro noventa. Lo recuerdo delgado, muy moreno, sin llegar a negro, con ese tono de piel muy peculiar que se da en países como Pakistán, o la India. Yo conocí   a           
turbantudos de esos rumbos y eran igualitos en lo físico y en lo prieto a los famosos hermanos y hermanas Díaz Bullard.  Esbeltos, con enormes ojeras crónicas de ojo de culo de buey, pelo lacio, faciones finas y el Nandón con una nariz a la Depardiu, enorme como reata, que enloquecía a las mujeres.

El Nandón se ganó el respeto desde chamaco, a los 16 años, cuando arriba de su caballo lazó y jaló a un malandro pendenciero que estaba molestando a sus hermanas.  Arrastró al jodido como 50 metros por aquellas viejas calles empedradas de la estación de Huixtla y luego sopapeó a otro muco que se metió muy macho y que sacó la trompa fileteada de los chicotazos que le tundió el Nandón, sin bajarse de su montura.
Con eso se ganó la fama de macho entre los machos y el respeto de la mujerada, que por aquellas costas calientes les papaloteaba el ánimo por la mirada de algunos de los tremendos y apuestos hermanos Díaz Bullard. 16 tuvo la mamá, doña David, entre hijos e hijas, muchos de ellos se murieron jóvenes.
Y Fernando, el Nandón era considerado el más apulismado de la familia. A los doce le pegó la epidemia de tifo y acostado, en carreta, se lo llevaron a Tapachula para que se curara o se muriera cerca del panteón huacalero.
De joven, el Nandón  trabajó de bracero en los Estados Unidos y lo confundian con apache. Estuvo en Chicago y le tocó ver el sangrerío y los muertos de la infame matanza de San Valentín.
De por allá trajo un proyector de cine portátil y compró una pequeña planta de luz, de segunda mano, en un circo ambulante del Soconusco. Por toda la linea del ferrocarril iba el Nandón llevando películas  a pueblitos, en ese entonces, olvidados.
 El imperio de los Díaz Bullard embarneció con el Cine Figueroa. Llamado así por Rodulfo, el poeta de origen cintalapaneco. Además de la exhibición de las cintas de estreno, el Figueroa era teatro de revista y de comedia. Allí se presentaban compañías de actores como las de Esperanza Iris y Virgínea Fabregas. Estos artistas hacían escala en Tapachula, en sus giras por tren a Guatemala y Centroamérica. Eran funciones de lujo, con las estrellas del momento. Los hermanos Díaz Bullard arrasaban con coristas y actricitas de apoyo. Una de ellas, hermosa interprete de cuplés, que cantaba "El Clavelito", se huyó con el Nandón a un remontado rancho platanero, cerca de San Benito, hoy Puerto Madero. Ahí estuvieron encerrados, escondidos, cinco días. La cantaora se convertiría, muchísimo después, en una famosa cómica de carpas de abolengo y actriz de comedias del cine nacional.
Por aquellos días, Fernando el Nandón jugaba al polo con los juniors de inmigrantes alemanes e ingleses y con los militares asentados cerca de la frontera del Suchiate,Vestía de blanco y traía un caballo retinto que se llamaba el Gitano. Comúnmente andaba de guayabera de manga larga. Era una pieza  muy preciada por el viejerío de aquellos rumbos tropicales. Además era inténsamente simpático, amiguero, bailador nato y locuaz. Pero cayó al fin con una de Chiapa de Corzo, las más linda de su tiempo y de su pueblo,  la única que hasta hoy  ha sido electa por unanimidad María de Angulo, dos veces, y de manera consecutiva. Alicia, la de la belleza legendaria. Ya mayor, doña Lichita era muy confundida por la gente con la actriz argentina Libertad Lamarque y la paraban en la calle y los aereopuertos para pedirle autógrafos.
Alicia y el Nandón vivieron juntos hasta la muerte. De sus tres hijos ninguno heredó la galanura del padre ni los rasgos angelicales de la madre. Sólo el mayor salió bueno para el baile, la hija sacó la nariz enorme del Nandón  y el mas chico recibe hasta la fecha este tipo de reproches de los mayores: "Tan chula que era doña Alicia, y don Fernando tan galán, de dónde salió tan de plano simple este barraco.
La debacle de la poderosa familia Díaz Bullard empezó en los sesentas. Tenían dos grandes cine: el Figueroa y el Tapachula, luego levantaron el Avenida, que se inauguró con unas obras de Luis G. Basurto. Por ese entonces se murió en un accidente Antonio, el mayor de ellos, el líder y visionario, el que mantenía unida a la familia.  Empezaron a tropezar en el negocio y cometieron el error de construir un cuarto cine, enorme, El Tacana, que los metió en la deuda que los llevo a la ruina.
La empresa la compró un cuñado, todos los hermanos acabaron del chongo.
Yo conocí a Antonio, el empresario. Al doctor Alfonso, el Pelón Díaz Bullard, quien fuera médico de la ANDA, carnal del Indio Fernández y autor del bestseler de Editorial Novaro: La Choca, entre otros relatos y guiones para cine. También conocía a Eduardo, el Guayo, el mas chaparrito, pero el más valiente, atravesado, aventurero y terrible. Cada vez que veo al actor Joe Pesci, me acuerdo del Guayo. Y de sus hermanas conviví con Ana María, Teresa y Palmira, guapas, enormes, locuaces, eran las chispas de todo tipo de fiestas y reuniones.
El Nandon vivió sus últimos años en Chiapa de Corzo, administrando el cine que fundó con su cuñado Mario y con Gilberto, el marido de la hermana de Alicia.
Cuando  yo era chico el Nandón me daba miedo, era imponente, colérico y no me pelaba porque no le gustaban los chamacos. Ya en la juventud se convirtió en mi gran amigo y nos tocó vivir muchas aventuras que platicaré algún día. El me enseñó que en la amistad lo que menos importa es el dinero, que a los ricos y a los pobres hay que tratarlos por igual, con el mismo respeto. También que hay que cuidarse de los Bancos y que la mayoría de la clase política son mil veces peores que Ali Baba y los 40 ladrones. Y que las mujeres son más fuertes e inteligentes que los hombres, pero que el talón de Aquiles de las damas es el amor, eso las pone pendejas, vulnerables y las pierde. Excepto por eso, ellas son la columna vertebral de la familia.



De sus últimos días no hablaré porque quiero recordarlo de la mejor manera, entero, poderoso, con ese caparazón de fuerza que jamás nubló la nobleza  que se le salía en la mirada., Así se le puede ver en su foto de bodas, al lado de la hermosa Alicia. Por eso, este 9 de noviembre, fecha de su cumpleaños, le regalo estas palabras como algo de lo mucho que no le pude dar cuando estuvo vivo. A la memoria pues del Nandón, Fernando Díaz Bullard, mi padre.




jueves, 1 de noviembre de 2012

La Caneca ni Flaca ni Seca ni Come Manteca



Mucho cuidado señores

por que la muerte anda lista

en el Panteón de Chiapita

ya nos tiene una fosita.

Para los compositores

literatos y

turistas

doctores y productores

todos están en la lista..




Es la celebración más grande de México, más que la navidad y las fiestas patrias juntas, la mera fiesta del pueblo, la más representativa del alma mexicana. La del reencuentro y el adiós, la de la reafirmación de nuestra identidad como pueblo creyente de los misterios infinitos del Universo. Esos que nos entroncan con lo auténtico del no temor a la trascendencia.



He pasado muchos Todos Santos capturando en imágenes y testimonios la visita espiritual de los fieles difuntos. Hoy no escribiré sobre esto. Les voy a presentar algunos del montón de momentos gráficos que he vivido en los panteones y pueblos celebrantes de Chiapas, por que esos días más que de morir son de vivir y  compartir.





A nadie le gusta los panteones, más cuando se lleva de carga a un ser querido, a mi me ha tocado enterrar a tres y conozco esos durísimos desgarres. Pero en la celebración de noviembre es bonito imaginarse que regresan las almas de nuestros muertos para compartir un momento con nosotros. Por eso les quemamos cohetes de bienvenida a las doce del día y los velamos jugando la baraja y domino, con tamaliza, resos y café con piquete y traguitos del fuerte, a los que se marcharon en el año.

 


He estado a las cuatro de la mañana en el panteón de Chiapa, cuando no había lámparas de iluminación en los pasillos. Todo estaba en la penumbra de las miles de velas sembradas por los visitantes, así lo vivî también en Acala y en Copainalá, una alfombra de estrellas amarillas que competían en fulgor con las del cielo del amanecer.

Oyendo la marimba que toca en la oscuridad y los tríos y el trovador solitario con su violín en Ocotepec.





En la celebración de noviembre gana el mero pueblo. Le meten unos pesos al bolsillo los que siembran la flores de nulibé, de flor de seda, los que cortan la nangaña, los chamulos que venden la flor fina, los albañiles y pintores que arreglan y embellecen las sepulturas, los chamaquitos que después de la escuela pintan las letras de los epitafios; los que acarrean el agua para los jarrones y las marchantas que venden la calabaza y la panela para el dulce de calabacita tía. La economía mexicana gana de abajo para arriba Un mercado muy nuestro que ya quisieran muchos mall o shopings y que nos han querido robar con costumbres ñoñas y extranjeras.






Que rico se desayuna arroz con leche y tamal entre muchas otras viandas en los panteones de noviembre.

Ayer vi como le llevaban sus flores y Puros Chacuacos a la sepultura del poderoso señor Enrique Verdi . Pintê de colores pastel la tumba de don Fernando mi padre y le encargué a mi hijo Julián que cuando yo muera me toquen a medio velorio la rola My Father Was a Rolling Stone de los Temptations a todo volumen. Le voy a entregar un documento firmado con esta petición para que no tenga pedos con mi demás familia o los presentes, por complacerme.









Asi es mis queridos lectores y amigos, nacemos con la muerte adentro y siempre la llevamos con nosotros.  Cada día que pasa estamos más cerca de ella, quietecita esperando la dientona, tarde o temprano, para llevarnos al otro lado del puente.

Por eso me remputa el jalowin y esas maestras y escuelas privadas que lo promueven. No se diga el comercio trasnacional de ropaje de brujas y espantajos de cine, pero hasta hoy aquí se la pelan . De nosotros depende que sobreviva nuestra fiesta de los altares y de la memoria . Sôlo me da flato a las doce del día 2 cuando quemamos los cohetes de la despedida y les decimos hasta siempre a los que viven en el baul de los recuerdos .


Tucu tucu

tiqui taca

que recanija calaca

cuando menos lo pensamos

nos hace estirar la pata.

Yo me le escapé una vez

pero por poco y me atrapa.

 

viernes, 19 de octubre de 2012

La Ofrenda más Pura de la Tierra





El paraíso celestial que me enseñaron de niño estaba lleno de pencas de plátano, de collares de lima de chichita, de racimos de cocos y papaya fina, de piñas copetonas y amarres de guayas y guayaba, de manzanitas coletas en ensarta, entre otras frutas propias y lejanas.También lucía roscas de pan y azúcar glass pintadas de colores y realzado todo con las hojas verdes del tempisque.
 Era el cielo de la abundancia, Estaba arriba, en lo alto, encima de la nave de la iglesia del Calvario, una bóveda de vida cada octubre.
Mi abuelita Lucinda me sentaba en una banca, tenia yo 6 años, y me explicaba cada cosa y detalle de lo que se ofrendaba en las alturas. Ahí me tenía mirando para arriba hasta que me dolía la nuca." Mira hijito, esas son las enramas  y quieren decir la abundancia de la tierra, las traen a lomo los vecinos de estas riberas del río Grande y los barrios de Chiapa. Son para nuestro Señor del Calvario, bendito, que nos protege en el invierno, así como san Sebastián lo hace al empiezo de año y la primavera.

Por la calle de mi abuela Lucinda pasaban las enramas. Tronaba la cohetiza y  todos los nietos agarrábamos lugar en su balcón para observar la proseción que se acercaba. Impresionaba a la chamacada ver a  esos hombre llevando  a lomo las tremendas cargas, bajo el calcinante sol del Centro de Chiapas, con las camisas empapadas de sudor, como si les hubieran echado agua, concentrados en no perder el paso y llevar la marcha de sus mancuernas, entre la música del tambor y pito y los cánticos de las resadoras y las madrinas. A lo lejos, las campanas de la iglesia del Calvario tañían, era la señal que se acercaban las ofrendas.

Por aquellos dias nunca me pasó por la cabeza llevar la enrama; como esos hombres recios que miraba  con admiración de chamaco totoreco. Me llegaría muchos octubres después, cuando empecé a explorar el corazón de mis riberas.

En mil novecientos ochenta y tantos acudí a un predio ubicado en plena ribera Nandambúa, a orilla de la carretera, como a cuatro kilómetros de la ciudad de Chiapa de Corzo, por donde hoy se encuentra un retén permanente de la policía estatal y federal.
En una casita de tejas y adobe se reunía la gente para la salida de la enrama.
Después de que me convidaron mi posol en jícara con hielo, tuve el gusto de conocer a Don Porfirio, sabedor del teje y maneje de elaboración de la enrama. Bajo su supervisión, un grupo de hombres amarraban con mecatío las ricuras de la ofrenda mientras otros preparaban los collares empalmados de todos tipo de manzanas, limas, limones, naranjas, combinando unas con otras de acuerdo al color, como un tejido de artesanía.

Sobre unos horcones estaban colocadas las dos piezas de bambú seco, una encima de otra, unidas con pedacitos de otate y mecate,  como una escalera de mano, por eso la  llaman así, enrama de escalera. Es la más grande, la de Nandambúa, para doce cargadores. Como de ocho metros de largo los varejones, los  llevan los hombres, seis de cada lado, sobre el lomo, con unos palos macisos de guachi y nanguipo.
 Las frutas las aportan los vecinos. Conforme se reciben las colocan de manera tal que todo el peso vaya nivelado y luzca galana la enrama como una cascadita de abundancia. Las piezas están vestidas de hoja de tempisque y entre las pencas de plátano y racimos de cocos colocan las cordonadas de fruta redonda, las piñas con el copete para abajo, los melones, las guayas, las guayabas, el plátano macho, guineos, sandías y todas las demás riquezas que obsequian los visitantes.
Las señoras llevan roscas de pan y de azúcar, que se amarran  cuando se sube la enrama a las vigas de la iglesia.
 La  elaboracion de la ofrenda empieza al amanecer, y concluye como al medio día. Así, con un sol que frie craneos, inicia la procesión a la iglesia del Calvario.  En el caso de la ribera de Nandambúa, cuatro kilómetros de pura carretera, que reverbera de calor y humedad.
Adelante van los hombres echando cohetes, quemando las baterías a cada cuadra. Luego las mujeres ensombrilladas.Traen  las roscas y los arreglos florales. Al centro de la mujerada avanza la madrina de la ofrenda, carga una réplica pequeña del Señor del Calvario, enmedio de nubes de estoraque y  alabados. Luego vienen las enramas y el montón de barracos que relevarán a los cargadores. Suena intensa la música del tambor y pito.
  Unos compas, con franelas rojas, controlan la circulación del trafico de automóviles. Es la carretera internacional y por esa recta de acceso a Chiapa pasan todo tipo de transporte a rajamadre.
Después de capturar la atmósfera con mi vieja pentax 1000
 le pido a un primo que me la cuide y busco con la mirada a al profe Marianito Nangusé, tradicionalista de coraza, para que me permita entrarle al relevo de la enrama.
Un lugar se abre antes de llegar al puente del río Chiquito, una seña rápida del profe y ahí te voy, tercero del lado izquierdo, ni tiempo me da para preparme y recibir el peso que supera en mucho a mis expectativas. Se me escapa un pujido y maldigo por no haberme quitado los lentes, que después, con el sudor, resbalarán al suelo.

 De la mano de mi abuelita acudíamos el mero día del señor del Calvario a comer pepita con tasajo y el día de las enramas,  estofado de res o chanfaina.
 En el comedor de la iglesia repartían posol de cacao y en unas mesotas largas estaban los platitos con las viandas y  tortillas. De zapatos y descalzas la mujerada, conviviendo como iguales, de pie, usando como cubiertos las tortillas. Ahí estaba doña Eva, mi tía Evita , quien fue cocinera y amiga de mi abuela toda su vida. Ella, la tía Evita, me llevaba hasta la imagen expuesta del Señor y tomaba una flor de las arreglos, la pasaba con la señal de la Santa Cruz por la mano del Cristo y luego la frotaba sobre mi cabeza, mientras rezaba en voz baja algo sobre la protección de las Animas del Purgatorio. Con mi abuela, nos sentábamos los tres en la banca de madera que había sido donada por mi familia y que hasta  hoy luce grabado el nombre de doña Lucinda Gómez Grajales. Ahí escuche por vez primera de la persecución de los santos, del día cuando quemaron al Señor del Calvario, del lloradero de las mujeres al enterarse del sacrilegio, porque lo chamuscaron de noche. De los parientes cercanos a mi abuela que participaron de quemasantos y que acabaron mal, víctimas de muertes violentas y enfermedades dolorosas y prolongadas. Lucindita tuvo que esconder sus imágenes en un baúl para que su propia sangre no les pegara lumbre. Todos los años lo recordaba la viejita con lágrimas en los ojos, sentada en su banca de madera de la iglesia.

Muy chingón yo, vengo cargando la enrama con otros 11 viejazos, en la subida del río Chiquito a la plaza, una curvita cerrada que se levanta como 15 metros al nivel de la recta de la calle 5 de febrero. Creo que me dieron el relevo exactamente ahí, a propósito, para que yo sintiera la reata: una cosa es cargar la enrama en plano y otra cosa es en subida.El paso más duro es cuando se avientan las escalones de acceso al iglesia, luego le sigue la mentada curva al río Chiquito.
Y ahí me tienen, mis lectores, juntando recuerdos y dejándome llevar por la música y el olor a fruta asoleada para no sentir el piquete de la carga en la coyuntura del lomo. Y veo casi nada porque mis lentes están totalmente empañados y el sudor cae a mares de mi frente. Alguien viene gritando ¡vamos, vamos, vamos¡ entre pujidos, el tronadero de los palos y el roce de la fruta.
A la altura de la bajada del Changuti, mis lentes resbalan entre tanto sudor y no alcanzo a meter las manos para detenerlos. Caen al suelo, los que vienen atrás le pasan encima. Pues ni modo. Eso me sirve de pretexto para pedirle a  alguien que entre de relevo en mi lugar. Mi tocayo Deivi el Yellow la agarra una cuadra más adelante, en la curva del doctor Montero, en la mera entrada de la plaza. No necesito regresar a buscar mis anteojos, una viejita de reboso los trae en la mano, ella los recogió y venía atrás de mí, esperando para dármelos. Estaban doblados de las patas y el puente, pero con los cristales intactos.

El redoblar de las campanitas del Calvario era la seña que ya estaba llegando alguna enrama. Entonces mi abuelita y doña Eva me llevaban corriendo, casi cargando, a un lado de las escaleras de acceso al templo. Desde ahí contemplábamos como salía la imagen del vicario y su comitiva a recibir la enrama.
 Luego veíamos con emoción la subida de las gradas, el último esfuerzo, el más pesado. Entonces, cada una de las puntas de los palos  atravesados son cargadas entre dos, pues los hombres tienen que levantar la enrama con las manos, lo más alto que se pueda, para que la fruta colgada no pegue con los escalones. Hasta morados y con las venas chispadas del cuello suben los barracos.
Pasaba la comitiva y brincando de nuevo con las viejitas nos metíamos por la puerta lateral a la iglesia. Agarrábamos un rincón para ver la trepada de las enramas, lejos de algún coco rebotón que se desprendiera de la ofrenda y nos diera en la morra.
Arriba entre las vigas y travesaños, las siluetas de unos descamisados, con paliacates en la boca, brincaban de un lugar a otro, colocando y aventando las 3 reatas para trepar la enrama. Se mueven rápido entre el viguerío con certeza de equilibrista. Podemos ver la suelas de sus pies descalzos, gruesos, boludos, parecen de adobe. Ellos colocan  las garruchas y los lazos a 10 metros de altura para que los hombres de abajo los jalen. Antes de la trepada colocan encima de la fruta algunas trensas de pan de rosca y dulce y el letrero del barrio o ribera al que pertenece la ofrenda. Al final entre tres grupos de siete u ocho peludos suben la enrama  a pura fuerza bruta, coordinada a gritos  jalando con el cuerpo y suspendiéndose en la reata algunos.
Nunca falta que alguna fruta se desprenda en el traquetéo, así que los mirones de abajo se ponen busos para no acabar descalabrados.
Una a una van llegando las enramas. De las riberas, de San Miguel, del barrio Acapetahua, de San Jacinto, San Antón Abad, de Nandalumi y de muchas otras partes. Ahora ya se ven unas de tipo tuxtleco, que se distinguen porque traen colgadas trastos y cubetas de plástico de colores.
Todo lo que llevan las enramas se vende a precio simbólico los últimos días de la fiesta.
Doña Evita y Lucindita, mis dos ángeles de la guarda, y yo, miramos extasiados, ese cielo de la abundacia, esa ofrenda de la salud y el bienestar que engalana la bóveda de la nave de la iglesia del Calvario.  Un cacho del Paraíso del Génesis, donde sólo faltaba que se asomara adán y Eva y la controvertida mazacuata.


Después del medio día era el regreso a la casa de mi abuela. Felices de la vida, yo con mi bolota de algodón de dulce y ella con su bolsita de jocote curtido. Y como si fuera una niña, caminaba  mi viejita cantando una canción de cuna chiapaneca, de la que sólo recuerdo esta estrofa: "Capitán, capitán, cirulí, Margarita Nangularí, en su boquita la luna y sus ojitos el sol..."

Para Ma. Teresa y para Daniela
nacidos en este mes bendito
del Patrón del Calvario.