miércoles, 15 de agosto de 2012

Juliana la de Amatenango

"Aquí subí, hasta el brazo de este monumento". Y doña Juliana López Pérez señala con su índice manchado de barro la estatua de la Libertad de Nueva York, cuando rememora sus viajes por el mundo." También me llevaron a Colorado y en Washington enseñé alfarería a los niños. Me extrañé mucho por allá, muy frío y las casas muy altas".

Podías pasar horas platicando con doña Juliana. Le gustaban las visitas y compartir sus experiencias y sabiduría con el que se acercara. La podías ver en su quehacer mientras conversaba contigo, no se molestaba si aparecían las cámaras o que preguntaras los secretos del oficio. Desde joven fue informante para antropólogos y también guía en exploraciones arqueológicas.

 Una vez le lleve pan y ella me invito café, varias veces nos tomamos las cervezas.
 Por si no lo sabías, Amatenango del Valle está como a 36 Km. de San Cristóbal y como a 100 de Tuxtla. La carretera Panamericana pasa a un costado. En una planicie, sembrado el caserío sobre una alfombra de maizal. Es el pueblo de las mujeres alfareras. Los hombres están en la milpa o adentro de la huertas, en las calles sólo miras niños y a las damas con sus atuendos coloridos. Aquí se moldean las piezas de barro sin torno, con las puras manos y se queman sobre el suelo, al aire libre, como hace cuatro mil años, antes que se inventara el horno.

 Así llegabas a la casa de doña Juliana y te encontrabas con doña Petrona, su hermana, enrollando con las palmas los gusanos de barro, como si fuera plastilina, y a la joven Simona dándole vida a un tigre o a una Paloma. Doña Juliana sentada en el piso en una posición como de yoga, una pierna extendida, la otra doblada y la espalda  derechita, sobándole la barriga a una tinaja esférica, enorme.

Además de atender la casa, cuidar a los hijos, preparar la comida, salir de compras y servir a sus maridos, todas la mujeres de este pueblo se dedican de tiempo completo  al oficio alfarero. Desde chiquitas aprenden con miniaturas de animalitos y se mueren con el pedazo de barro en la mano.

Verlas cocer sus trastes es subyugante, como asistir a una misa en donde se santifican oficios ancestrales. Todas las mujeres de la casa participan  y a veces se unen la vecinas cuando la carga es grande. Sobre los objetos de barro - ordenados, en capas, unos encima de otros - colocan enormes piras de leña y ocote que al golpe de la lumbre levantan una neblina de humo, espesa, olorosa,  que se agita con el viento o te cobija. Y cuando el trastamento está al punto, las mirás corriendo a la mujerada, quitando con las puntas de los dedos los leños ardientes y sacando las piezas con unas varas largas o pértigas. Terminan las señoras con sus rostros colorados por la cercanía del calor. Y al final, cuando se empieza a enfriar el ollaje les avientan una sagrada cruz de agua de atole para que el quemado amarre y no falte el alimento en la casa de los futuros dueños de la pieza.

Es el quehacer que se ve  todos los días, por los diferentes rincones del pueblo. Al finalizar la cocida del barro, las damas participantes se echan sus caguamas.

Cuando doña Juliana era niña los trastos los llevaban a mercar a San Cristóbal. El viaje era a pie y las piezas iban a lomo de bestia. Salían como a las tres de la mañana y llegaban a Jovel después del medio día. En aquellos tiempos la alfarería se limitaba a la producción de ollas, apastes y cántaros. Hoy se realizan múltiples y variados objetos de ornato y todo tipo de maceteros.

Cuenta Doña Juliana que desde muy joven su papá la mandó a trabajar con la familia de unas americanos investigadores que se establecieron en Amatenango. Ayudaba en la casa y cuidaba a los niños. También se fue de guía en las primeras exploraciones arqueológicas realizadas en Cerro Grande, Amawitz, - entre Amatenango y Teopisca y en San Nicolás, uno de los antiguos asentamientos del pueblo comiteco. Al paso de los años, los gringos se llevaron a Juliana a Sancris para dar cursos de alfarería e información de datos a estudiosos de diversas universidades del planeta.
"Despues la señora me dijo que me iba a llevar  a los Estados Unidos y nos fuimos en puro carro, desde San Cristóbal. Hicimos como nueve días hasta Nueva York, pasabamos las noches en hoteles". Por allá caminó enseñando su oficio milenario y experimentando con  los barros locales y hornos de alta tecnología.
El pasaporte de doña Juliana.
Luego, otra guera investigadora, casada con un tenejapaneco, la invitó a Colorado y en otro recorrido  dio muestras alfareras y más cursos en la ciudad de Washington.
Nos enseñó con orgullo el pasaporte. Sus fotos, rodeada por los mecos gringos, en exposiciones artesanales, con otras compañeras indígenas; con las familias que convivió y los niños que ayudo a criar. Aquí y allá lucía por su carácter amistoso y con todos caía bien. En una borrosa foto en blanco y negro la vemos navegando la bahía del Hudson, con cara de sorpresa, de frió y de la inquietud de "mirarme en medio de tanta agua". Era de sangre ligera la tía, reía con facilidad.
Sobre todo, los viajes le hicieron comprender el valor contenido en su humilde trabajo y por eso le gustaba compartirlo con cualquiera. A veces lo que en tu casa ignoras o menosprecias, afuera es admirado, me decía.
La ultima vez que platicamos, se quejó que no le gustaba la enorme estatua que le habían hecho por órdenes del gobierno estatal y que se puede observar en un esquina de San Cristóbal de las Casas.
"Muy negra toda, negra yo y negra mi ropa". A las indígenas tzeltales de Amatenango les gusta el color: los rojos, el amarillo, los azules. El tocado y la capita que usan traen un rayado parecido al diseño de las faldas escocesas. La indumentaria femenina de ese pueblo es una de las más bellas de Chiapas. La mentada estatua tiene un replica en la placita de Tapalapa, un pueblo muy tradicional de la región zoque.  Nunca quiso que la pusieran en su pueblo, no decía nada de los variados matices que conforman la vida  de su comunidad, tan apegada al coloradito del barro recién quemado.

En este momento doña Juliana está allá arriba creando palomas celestiales, soles sonrientes y toritos alegres en el paraíso de los tzeltales. Un saludo doñita, gracias por soportar mi espíritu metiche y compartir un poquito de su experiencia y de su vida. Quedan Simona, su hermana Petrona y las nietas para heredar sus enseñanzas y rememorar su noble espíritu mañana.

viernes, 3 de agosto de 2012

La Última Juglar de Chiapas




Es un caso raro, la última juglar de Chiapas, una mujer que dice las historias de su pueblo cantando, a capela, con sentimiento. La conocimos en la Casa de la Cultura de Tapìlula. Fuimos a grabar un programa de la serie Chiapas Nuestro a ese municipio de la Sierra Norte. "Vengan  a atender a doña Francisca - nos pidió Claudia Morales, la encargada, cuando preparábamos unas entrevistas con tejedores de mimbre-.  Por favor denle un espacio ahorita porque la señora es grande y tiene muchos mandados que hacer, ya se quiere ir". ¿Y qué hace doña Francisca? "Nos va a cantar a su modo las historias de Tapilula".
Y ahí estaba con su cabello trenzado, su rebozo, la mirada clara, la frente en alto, bien parada doña Francisca.
Con una voz fuerte, profunda, como platicado, como cantado, sin métrica, sin rima, de humilde sintaxis, al puro recuerdo, a veces brincando de un tema a otro, improvisando al hilo, llorando al recordar que era huerfana de padre y que se mamá se fajó para sacarla adelante, doña Francisca Benjamina  interpretó  su versión de los tiempos "que se borraron" de Tapilula.

Y se me provocaron imágenes de la selva que gobernaba esas montañas y la pobreza de los primeros pobladores. Y miré la iglesia antigua de San Bernardo y la presidencia municipal que estaba en una lomita de tierra amarilla.  Y el arrollo de agua limpia que cruzaba a media plaza. Como las páginas de un libro ancestral que se deshoja, como un ayer al parecer perdido.

Escucho a doña Francisca  Benjamina y recuerdo a los cantores de Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador de mis tareas de primaria. A los juglares que al acorde de un laúd revivían lo más sobresaliente de la vida cotidiana y también lo extraordinario. Trovadores trashumantes llevando con su ronco pecho chismes y hazañas a un público ávido de noticias cercanas y lejanas, antes de la invención de la imprenta y de los periódicos.
Y todos esos oficios ya perdidos o en vías de extinción, en donde la voz y la memoria eran los instrumentos principales de trabajo. El quehacer de la Invitadora, hoy desaparecido, es un ejemplo. Yo conocí a la última invitadora de Chiapa de Corzo. Una ancianita  que recorría las calles de la ciudad invitando, casa por casa, puerta por puerta, a los rezos, novenarios y salutaciones que se realizaban en los diferentes barrios. En  el portón de la casa de mi abuelita Lucinda pasaba anunciando con voz fuerte y clara: " Que dice doña fulanita que los espera el sábado en la iglesia de san Jacinto a las 10 de la mañana para la misa de los 40 días de su difunto marido don mengano de tal, que por favor los espera". Le pagaban cualquier miseria pero muchos vecinos la agasajaban con café, posol, pan o su taquito. Se murió la invitadora y despareció para siempre tan noble trabajo. Me da coraje que no me acuerde de su nombre.
En esta Edad del Apple, Era del Microchip, el mismo camino llevan los voceadores los gritones, los pregoneros  que deambulan bajo el sol por las banquetas y esquinas ofreciendo a grito pelado productos y servicios. Élite de anunciantes de todo, vendedores a golpe de calceta, chamberos de 7 oficios y 40 necesidades, - muchas veces las tres cosas a la vez - del pópulo callejero, incluyendo a los merolicos de feria y megafoneros con aparatos de sonido, que aún forman parte del paisaje urbano de nuestros  pueblos rurales. Antes era cotidiano escucharlos, hoy se transforman día a día en fantasmas de otras eras.
Doña Francisca Benjamina de Tapilula es la última sobreviviente de su clase. Juglar, juglaresa, trovadora o cantora de historias.
 Soy vestida de la raza
no me corto mi cabello
no me quito mi rebozo
porque así me lo enseñaba
mi mamá.

Además de cantar sus historias en donde la invitan, doña Francisca Benjamina, de 69 años cuando la conocí, se dedica a vender chocolate, pan y a criar cochi. También hace bolas de pulpa de tamarindo y es la guía de las oraciones que se elevan en las vísperas del día de los Santos de los barrios y en los rezos por el descanso de las almas de los difuntos.

Yo cargué piedra para la presidencia
porque mi calle era montaña
en el camino que andaba
eran puros espinales
y con machete chaporreaba.

A las pobres mujeres
sus hombres las chicoteaban
para que se levantaran
y batieran su posol.

Doña Francisca nos platica que fueron lo señores Abundio González y Rafael Morales quienes le enseñaron a cantar historias. Asegura que algunos capítulos se los dieron en  manuscritos, pero por más que le rogamos no quiso enseñarlos. "Están muy maltratadas las hojas- dijo - si las saco, se van a deshacer los cuadernos".
Platicó que a sus hijos no les gusta que ella cante, que les da vergüenza, porque piensan que la gente se burla y murmuran que está loca. ¿Qué va a pasar con sus escritos y sus historias cuando usted falte? "Antes de morirme les voy a pegar lumbre, las voy a quemar todas, capaz que se ríen de mí, cuando ya no pueda defenderme" Y lo asegura sonriendo, como burlándose, porque tiene un tesoro muy suyo que se va a llevar al otro lado y al olvido.

Escúchenme hermanos mios
si nadie me puede ver
por que yo no soy de nada
soy un pobre aire
que pasó por Tapilula.


Antes de seguir nuestro viaje, recuerdo que doña Francisca nos despide con un rezo y nos envuelve en el humo del incienso del palo de copal y le pide a San Bernardo que nos proteja de los hoyos del camino y que el equipo que usamos no falle en el trabajo, y que el trago no nos haga hacer locuras. Y yo me despido prometiéndole que regresaré con alguien del medio para grabar un disco con sus cantos, pero ella sabe en el fondo que soy un mentiroso involuntario y yo lo sé también. Pero saqué su imagen y un pedacito de sus historias en el programa de la tele, Chiapas Nuestro, como el momento estelar de mi visita a Tapilula y escribo estas palabras como un humilde homenaje a su memoria.

 Tengo la frente levantada
como la calle empedrada
que la gente caminaba
ahora es de cemento
donde ponen sus tacón dorado
y yo sigo siendo la misma.
Pobrecito de mi pueblo
ya pronto lo dejaré
pero que vivan mis hermanos
y los que están escuchando

¡Y que viva Tapilula
en lengua el águila real
porque Tapilula no se raja
aunque se ponga oscuro.¡

También me pueden a contactar por Facebook, como David Díaz Gómez y mi correo electrónico es diazbullard@hotmail.com


domingo, 8 de julio de 2012

Hombre Lobo en Cupasmí

¡Maestro, maestro, anoche lo volvieron a ver, mire usted, le salió a la hija de doña Chepita la vende bolona, tenía la cara llena de pelazón y colmillos de vampiro, dicen que aullaba como chucho cuereado. Sino pregúntele al Ramiro, él lo escuchó y se cagó de miedo el cochino. El hombre lobo, maestro¡
Ese día no hubo clases en las primarias de la Ribera. Hasta los maestros andaban en el arguende. Que ya eran tres veces que se estaba apareciendo el ánima. Don Cacho, hombre serio, se lo encontró como a las 9 de la noche en su tomatal y lo vio porque era luna llena, caminaba en dos patas y estaba descamisado, lucía galano pero panzudo y le colgaban chiches de hombre. Se asustó tanto don Cachito que lo tienen a base de agua de azúcar y lo están rameando en el recinto de Cupasmí.
 Y los maestros cruzaban historias, alimentados por el alboroto de los chamacos. Que a la buenota de la Barbi Zeferina, la que corta pelo en Tuxtla, le brincó por atrás a la hora que entraba a su patio. Por suerte con el griterío, salió el Octavio, su marido, prendió el foco del zaguán y se asustó el maldito aparecido. Dice la Zefe que apestaba a hediondo, la pepenó de la pierna o se la mordió. El Octavio platicó que tenía como unas marcas de dientes en el muslo.Y que lo que vio tenía más facha de Cadejo que de lobo.
Los cabrones chamaquitos no dejaban a los maestros en paz con preguntas. Maestrita ¿ cómo se mata al hombre lobo? y los mismos alumnos respondían: con balas de plata, así lo vi en el cine, Blue Demon se jode a los hombres lobos del Doctor Caronte, con unas balonas que fabrica con las cruces de plata de la iglesia. No es cierto, a mi me platicó mi abuelito que para joderlo hay que ponerse la ropa al revés, lo de adentro afuera, el zapato derecho en el izquierdo y así, y luego orinar el machete para que le entren los chingadazos. Qué burro sos Comemoco, así lo matan a la Cocha Enfrenada y al Cadejo, no al pijón del lobo. También dicen que hay que echarle matazacate o raticida a los charcos donde se retrata la luna llena, pues ahí abrevan los canijos..
Por la tarde se reunieron los agentes ejidales de la Ribera en el centro social o botanero Las Quince Letras de Cupía. Entre platitos de mango verde, manía salada y camarón pelado, acompañados por unas chipotonas bien muertas, las autoridades se dieron valor para hablar de tan peliagudo tema.
 Como al tercer cartón acordaron salir esa misma noche a linternear lo que podría ser el Cadejo, hombre lobo, chucho con rabia, nagual, coyote o lo que fuera.
 Tenían que verlo para saber como lo iban a matar y hasta pensaron en don Teodomiro Cerdio para que les vendiera unos doblones de plata - de esos que había encontrado en una olla enterrada en su terreno -por si había que reforzar unos tiros con ese fino material.
 Además don Toriano Alfaro platicó que una vez en la fiesta de Cumbujuyú, llegó con los juegos mecánicos un hombre lobo. Pero no lo traían de exhibición, era uno de los chalanes que ayudaba en la armada y desarmada de los caballitos y la rueda de la fortuna. Que era pacífico y hasta hablaba y razonaba como gente común. Eso sí, era puro pelo, sólo no tenía en los ojos y en los labios. La pelambre de los brazos le colgaba como crín de caballo. A lo mejor era ése, que se le había quitado lo humano, que tal vez se había escapado de la feria y que andaba jodiendo las riberas del río Grande.
Esa misma noche salieron a patrullar por diferentes rumbos, en camionetas, bicicletas, a pie y a caballo con varios chuchos cazadores y un par de rifles 22. Fueron a ver a Santiaguito, el espírita del recinto de Cupasmí. por si sabía algo. Él les dijo que de vampiros y hombres lobos no era su trato, su asunto era con las almas de los difuntos y los santos que hablaban a través de su lengua. Lo único que había visto Santiaguito eran unas bolas como de lumbre de colores que pasaban a rajamadre sobre los arenales del río Santo Domingo, pero que siempre aparecían antes de la época de lluvia.
Las autoridades y voluntarios de la Ribera rastrearon hasta que subió la niebla, como a las tres de la mañana. No hallaron más que bandas de chuchos bravos sin dueño, unos conejos y una tlacuacha cargada. También se toparon con Agenor el Chuparrosa - alegre manpito de la zona Galáctica -rebotando de pedo en el oscuro callejón de los Gómez. Ydeay vos Chuparrosa,¿ y si te sale el hombre lobo?, le preguntaron. "ojalá papito, pero para que me pise, me gustan los oreja peluda como tú", respondió el enervado.

Pasaron algunas días, pero no el temor y las habladurías por el hombre lobo de las riberas del Santo Domingo.
 El 23 de junio, noche de luna tierna, estaba doña Agapita Nangusé dormitando en su mecedora cerca del fogón, cansada de preparar tamales para el día de San Juan. Vio un bulto con forma de hombre que espiaba en el cuartito al fondo del traspatio, donde dormía la Tila Alberta, su ahijada y ayudanta. Pensó que era el Rósemberg, el ex marido de la Tila, que, sin su consentimiento, se metía a brincar con la culofácil de la ahijadita. Ya lo sospechaba. "Orita van a ver estos calientes", pensó echando bilis doña Agapita.
 Mujer de caracter cerrero, levantó del fogón un leño, todavía con brazas. Se fue caminando poco a poco, sin hacer ruido, en la oscuridad, hacia al hombre que, absorto y descamisado, espiaba, por una rendija de la ventana, el interior del cálido cuarto de la Tila Alberta.
Y sin decir nada le sorrajó el primer leñazo en el lomo. El hombre lobo aulló de dolor y doña Agapita por poco se muere del susto al mirar la carota peluda, pero reaccionó de pánico y le fajó otro chingadazo en la mera morra al espectro que, más aterrorizado que la viejita,  se perdió de un brinco entre dos palos de huizache .
Con la bulla gritó como loca la Tila Alberta, y se levantó mentando madres don Lisandro marimbero, el vecino. En el acto, con un silbido sordo, el músico mandó a sus perros bravos a la carga.
  No buscaron mucho. En el terreno de don Lisa se escuchaban pujidos mezclados con lamentos y la chuchada ladraba como cuando rodean una presa. don Lisandro se armó de guevos y con un marro acudió al escandalo de los perros.
 Ahí lo vieron, atrapado en un pozo recién abierto para fosa séptica. Con la mitad superior del cuerpo colgando hacia el fondo y las patas atoradas en las gruesas trenzas de alambre de púas, las que se siembran alrededor de un hoyo para la protección de los chivos y  los cochis.
Rodeado por los chuchos mordisqueantes, el bulto se sacudía como pescado fuera del agua; gruñendo y hablando en lenguas.
  De repente la aparición se quedó quieta, jadeaba como ser humano. Entonces, cuando don Lisandro se acercaba para propinar un marrazo mortal, el hombre lobo habló:
Por favor, don Lisa no me mate, no me mate, soy yo, -se arrancó la mascara hechiza de luchador triple A - Renato, el nieto de su comadre doña Tiburcia, estaba ido pero ya regresé orita.
  Renato Godínez era en aquel entonces chalán de chofer y cobrador en los camioncitos de pasajeros de la ruta Chiapa-Tuxtla. Un buen hombre, que mientras no estuviera bolo, era muy servicial y no se metía con nadie. Bueno para bailar sones e interpretar a capella las canciones del Charro Avitia y Cornelio Reina. Personalmente lo traté cuando era bolero y vende refrescos en las clásicas tandas del cine Lux. Sabíamos que había estado en la policía estatal y que en su juventud practicaba la lucha libre. Lo que no conocíamos eran sus mañas de lobo humano.
Lo encerraron en la agencia municipal de Cupasmí, en el baño y excusado que también sirve de celda. Allá llegó llorando la abuela Tiburcia, a las dos de la mañana, cuando empezaba el primer aguacero del día de San Juan.
 Doña Tiburcia, señora distinguida, conocida por generaciones como rezadora y criadora de chompipis para la navidad, le explicó a las autoridades presentes y a los metiches - que ya se desvelaban por el arguende - que su nieto no era malo pero que tenía la enfermedad de luz de luna.
 Desde chiquito, cuando se murió su mamá y quedó en poder de la viejita, el Renato padecía de temblorinas y  tiricia. Las noches, con luna de cacho, le daban más duro las tembladeras y se desvanecía echando espuma por la boca. El doctor Vargas de Chiapa de Corzo le diagnosticó la epiléptica y le aconsejó que le metiera un palo bajo la lengua para que no la mordiera en los ataques. Con la pubertad al Renatón le daba por la cantadera a media noche y por perseguir a la burra del corral. Luego descubrió el trago y al parecer con eso se calmaba el pobrecito. Pero doña Tiburcia nunca soñó que al Renatío se inclinara a la espantada.

Por su parte, el buen Renato declaró, - como a las tres de la mañana, mientras caía un segundo porrazo de agua con truenos-, que por su enfermedad, toda la vida había sufrido desprecio y burlas , principalmente de las mujeres. Logró entrar a la policía estatal y ya le iban a dar pistola, pero en una formación, ante un mayor que venía de otro lado, le dio el daño y dejo mal a la corporación y a sus superiores.
Trató de abrirse paso como luchador pues le gustaban los madrazos y no le tenía miedo al dolor. En la cuadra del Tury, en Tuxtla, le dieron chance que entrenara y participó en un par de combates con el sobrenombre de Halcón Rubio. "Chula mi mascara, dorada, pero cuando me enfrenté al Ángel Loco, a medio combate, me dio la retorcedera y aventaba espuma por la boca. Me desvanecí y el público pensó que era parte de mi estilo y aplaudían. Cuando vieron que ya no me paré, me tiraron de todo y me rementotiaron la madre. Más que espectáculo di lástima".
El Renato tuvo mujer ya viejo, la conoció y la quiso enamorar en la zona de tolerancia El Cocal. Llegaba enmascarado porque así inspiraba admiración y respeto entre madrotas y pirujas."Tuve dos queriditas de tiempo completo, a una de ellas le quise poner cuarto. Las enamoraba enmascarado y luego les mostraba mi jeta. Pero siempre les asustó mi enfermedad, ninguna suripanta quiere trato con un fulano que se pone rabioso y tira putazos a lo loco".
Juró casi llorando que sólo con el tragó se le quitaba la epilepsia. Desde la última fiesta de enero le metió con ganas y se le ocurrió comprarse otra máscara y probar suerte amorosa en la recién estrenada área  de perdición, bautizada por el gobierno estatal como la Zona Galáctica. Pero nunca pudo entrar el Renato, porque no dejaban pasar enmascarados y mucho menos medios pedos, así que agarró la caña afuera y se sumergió en la maldad que lo convirtió en espectro de lobo.
Su máscara la compró en el mercado de Tuxtla, era una réplica del Lobo Solitario, rudo feroz de la época del Santo. Los dientes de vampiro eran de plástico, de los que venden en la feria - la tamalera se los tumbó del leñazo, los encontraron en su corral - y los guantes eran de conductor, obsequio de su patrón y padrino Betanio Tawa, chofer de la linea Chiapa- Tuxtla.
El Renato juró, por San Caralampio, que sólo la primera vez que le agarró lo lobo recordaba como en sueños sus locuras. Creyó que eran efecto de la bolera. Las otras tres veces  no tuvo razón de cómo ni cuándo se disfrazaba. Al levantarse, bien crudo, amanecía raspado, sucio, sin camisa y con la máscara toda sudada abajo de la cama. Con total amnesia de sus andanzas nocturnas.
 Después, de mucho chillar, se declaró a la merced de sus mayores para que tomaran las riendas de su vida
A las cinco de la mañana, las autoridades del ejido determinaron que por el apego que los habitantes de Cupasmí dispensaban para doña Tiburcia -que había rezado en todos los novenarios de difuntos de los ahí presentes - Renatito no iba a ser entambado en el penal de Cerro Hueco, pues no había cometido más crimen que asustar a los desprevenidos y tentonear algunas viejas - si lo encarcelaban, la rezadora se moriría de la pena -. Así que decidieron trasladarlo, con la anuencia de doña Tiburcia, al asilo de enfermos mentales en Copoya.
Ese día 24 San Juan Bautista le abrió la puerta a un Sur, que mandó 72 horas seguidas de aguaceros. El río Grande y sus afluentes se salieron de cauce y arrasaron con algunos de los bajíos de la Ribera, incluyendo dos vacas y la finca de doña Usnavi Pascacio. Está desgracia apagó de plano la noticia de la captura del hombre lobo y en 15 días ya nadie se acordaba de las hechuras del Renatío,
En la casa de la risa, el Renatón fue sometido a choques eléctricos, baños de agua helada y ayunos forzados para borrarle los malos recuerdos. Muchos piensan que en el manicomio lobotomizaron al lobo. Estuvo ahí como un año. Luego se fue a los Estados Unidos y más tarde se le localizó en el puerto de Salina Cruz, Oaxaca.
En el 2005 regresó a Chiapa de Corzo, casado con un jucha chambeadora de nombre Anubia Delano. El Renato dejó el trago y se metió a la religión del Séptimo Día. Aseguran que controló su enfermedad. En Tejas aprendió el ofició de sastre y montó un  taller en la delegación Terán de Tuxtla Gutíerrrez. Tuvo tres hijos, a quienes los maloras chiapapintos les clavaron los lobitos.
Renato, el Hombre Lobo de Cupasmí, es hoy hombre de paz. Viene seguido a Chiapa de Corzo y a la Ribera. En todas las fiestas es bienvenido. Ningún conocido y menos un desconocido se atreve a recordarle sus viejas penas y sólo a los verdaderos amigos nos permite -sin el peligro que nos rompa la jeta- que le llamemos lobo.

martes, 26 de junio de 2012

Clinton Come Pollito

Al Clinton lo pepenamos en un árbol encallado a la deriva. Don Carmelo, quien piloteaba la lancha fue el primero que lo vio. Allá, miren - gritó -, unos animales.
Regresábamos de videograbar una granja piscícola de mojarras tilapia por el rumbo de Apik Pak, más allá de la iglesia sumergida de Quechula. Pasamos la noche refugiados en la isla de Don Carmelo Altúzar, bajo el arrebato de una tormenta ventolera que azotó, con prolongado redoblar de gotas, el techo de lámina de la casita en donde estuvimos guarecidos.
Esa mañana estaba al tope los niveles de agua de la presa. Había muchos troncos y matorrales aportados por los caudales de los ríos que tributan al embalse. En un enorme árbol arrancado de raíz, aparecía el Clinton con otro animalito.
Con destreza y evitando los objetos sólidos, don Carmelo acercó la lancha a donde se encontraban los pequeños naúfragos. Son monos, comenté de entrada. No, corrigió alguien, son tejones, y están pichitos.
Eran una hembra y un macho, sabríamos después, y estaban de dias de nacidos. Seguramente su madre los trepó al árbol, sin considerar que algún torrente o derrumbe se lo llevaría entre las patas. Era un chicozapote y traía fruto maduros. Nos acercamos con la lancha hasta quedar afiazados en las ramas.
El hijo de don Carmelo se subió al tronco . Los animales chillaban, menenado sus narices, como explorando el desconocido olor de los humanos. El muchachón alcanzó a pescar uno de la cola y el otro se tiró al agua. De una rápida maniobra don Carmelo sacó la lancha de entre las ramas y rescatamos al tejoncito que nadaba desesperado.
Con unas camisetas los secamos y los envolvimos para que no nos arañaran. Sin contar la cola, eran como del tamaño de una mano. Me encargué del nadador hasta que llegamos a Raudales Malpaso.
Qué vamos hacer con éllos, le pregunté a don Carmelo. "Pues no sé, los voy a vender, pero si quiere ese que trae, lléveselo, si tiene donde criarlo", me respondió, adivinando mi intención en la mirada.
Los dejamos en la casa que nuestro anfitrión tenía en Raudales y dos dias después, al terminar nuestros quehaceres, pasé a recogerlo. Ahì lo tenían, chupando mamila el viejazo. Me lo dieron con toda y la mamila, con la recomendación que lo alimentara con fruta, musú de posol y atolito agrio. En una cajita, con buenos respiraderos, me lo llevé a Chiapa de Corzo.
Al llegar a casa fue como si hubiera aterrizado la cigueña. Le pusimos Clinton, por la narizota y porque estaba de moda las aventuras linguísticas del entonces presidente norteamericano.
Como en aquellos tiempos no llegaba a mi rancho el internet, investigué en la biblioteca que los animales que aquí mal llamamos tejones son en realidad coatíes. La ciencia los identifica como del genero Nasua, de la familia de los prociónidos. En Chiapas tambien les decimos pisotes. Es pariente de los osos y los mapaches. Los mayas antiguos los usaban de mascotas y dicen que su inteligencia es casi como la de un gato doméstico. Las hembras son más halladas con los humanos que los machos. Las tejonas integran manadas y los barracos son solitarios, les gusta agarrar camino, por eso también les nombran andasolos.
Clinton se convirtió en la mascota preferida de la casa, desplazando a la perrita Pituca del cariño de mis dos hijas, que lo chunguneaban como pichi tierno. Varias veces llevé al Clinton a la chamba, presumiendo mi mascota exótica a las viejas arguenderas, me sentía como Tarzán con la Chita, en aquella película cuando visitan Nueva York.
En la casa acabaron las hormigas, las cucarachas, los alacranes y hasta las pobres cuijas y lagartijas llevaron. Por la noche, el tejón entraba al cuarto y se enroscaba para dormir en la bolsa delantera de un viejo saco de vestir, que estaba colgado entre los tiliches
Todo iba muy bonito hasta que empezo a crecer el mentado Clinton. Las garras y los colmillitos se fueron alargando. En su busqueda de bichos acabó con todas la flores del jardín de doña Juanita, mi suegra y con las plantas de ornato de las macetas. Aunque me seguía como perro nunca le pude enseñar lo básíco y la casa empezó a apestar a animal salvaje. No le bastaban el patio ni el traspatio para sus andanzas, quería estar en las habitaciones con nosotros. Las mallas mosquiteras de ventanas y puertas cedieron bajo sus afiladas garras. Mi mujer y mi suegrita ya estaban más que encabronadas con el Clinton.
Los focos rojos se encendieron cuando empezó a desaparecer por las noches. La casa, ubicada en el centro urbano de Chiapa de Corzo, está rodeada por muchos patios arbolados y predios vacíos. Algún nervioso podría envenenarlo o dispararle, era un animal extraño merodeando en las azoteas y terrenos; una amenaza para sus árboles frutales, mascotas o  aves de corral. También le gustaba escaparse a la calle cuando miraba el portón abierto. Ahí me tenía el cabrón persiguiéndolo entre el tráfico, o sacándolo de abajo de lo carros estacionados.
Finálmente, un día, escuché a mi suegra que gritaba: ¡David, David, venga a ver rápido a su maldito animal¡ Estaba el Clinton comiéndose vivos a un par de pollitos que la viejita, sin medir el riesgo de la presencia del tejón, acababa de comprar para crianza. Uno estaba descabezado y se despachaba las entrañas del otro. Y mis hijas viendo la masacre.
Entonces decidimos de plano donarlo al zoológico Miguel Alvarez del Toro de Tuxtla Gutiérrez. Después de unos dias en cuarentena los especialistas nos dijeron que podría a ingresar al área de exhibición o ser reintegrado a su hábitat natural.

Como a los dos meses investigué entre los cuates del zoológico que varios tejones, entre ellos tres hembras y el Clinton, habían sido liberados en la zona de reserva del Cañón del Sumidero.
Yo lo encomendé a la Diosa de la Selva para que lo protegiera de los grandes gatos y los cocodrilos. A 15 años de distancia me lo imagino como un tejón viejo, enorme, con muchas hembras y crías, pero solitario, como todos los andasolos de su especie

miércoles, 20 de junio de 2012

El Sansón de Comalapa


Venía caminando en la orilla de la carretera, empapada la camisa, pujando en silencio. Con un ojo puesto en el camino y el otro en los vehículos que le pasaban cerca. Traía en su mecapal una carga de 20 sillas de madera de pino, de esas que se doblan. El bulto era casi de su estatura y la mayor parte del peso caía en el cincho de la frente, que parecía que en cualquier momento, de un mal jalón, le iba a partir en dos el cráneo. Avanzaba superconcentrado y la gente se detenía a verlo esa mañana de Frontera Comalapa.

Un par de niños que colocaban mercancía en una frutería dejaron de acomodar sandías para admirar al Hércules. Acostumbrados a cargar bultos pesados, seguramente sopesaron  la técnica y el balanceo aplicado por el colega adulto, para sobrellevar semejante carga. Un chofer se bajó de su trailer estacionado y alcancé a oír que con acento norteño decía: ¡No mames, qué bárbaro¡.
Empecé a seguirlo por las pocas cuadras que atraviesa la carretera federal a la altura de Comalapa. Nadie iba a creer lo que estaba viendo, así que saqué la cámara y me adelanté  para hacerle unos disparos.  Levantó la vista y me vio de frente "No tomés foto", ordenó, sin perder el paso rápido y la zancada corta que caracteriza a los que saben caminar montañas. Obedecí, guardé la voigthlander, pero ya le había robado dos imágenes.
Chaparrito, no más de 1.60 de estatura, flaco pero talludo,  treintón o cuaretón, con los indígenas es difícil adivinar la edad. Traía un desguachipado maletín cilíndrico sobre el pecho.¡ Golpe, golpe¡, gritaba, cuando se acercaba a personas distraídas o que se atravesaban en su avance. Todos le abrían cancha y haz de cuenta que había llegado el circo pues eramos varios los mirones que seguíamos sus pisadas y él parecía ajeno a todo el mitote generado con su involuntaria demostración de fuerza.
Sin descansar ni perder la trancada llegó a la altura de la gasolinera ubicada en  la salida a Comitán. Ahí se detuvo. Con la espalda a la pared se puso en cuclillas y descansó el bulto de sillas en el piso. Sacó un paliacate rojo de su maletín y  secó los hilos de sudor del rostro y la nuca. Estaba colorado, casi morado por el esfuerzo. Lo saludé y le pregunté su nombre. Ramón, me dijo a secas, todavía agarrando  resuello.
Traía un par de botellitas de agua en mi bolsa y le ofrecí una. Abrí la mía con la mano y él  desenroscó la suya con la presión de sus dientes. Dio un par de sorbos, se enjuagó la boca y lanzó a la cuneta tremendo buchazo. Luego se bebió la botellita de un jalón.
Hablaba poco español, con tirabuzón le saqué las palabras: que era indio jacalteco, de una colonia cercana a Guadalupe Victoria, casí en la linea divisoria de México y Guatemala, y que las sillas eran para la fiesta de bodas de su hija. Eran alquiladas y las tenía que devolver el lunes.
Los mitoteros nos acercamos al pilón de sillas. Unos machines como que hacían el intento de moverlas o levantarlas. Ni madres, pesaban como una caja fuerte. Ramón el Sansón de Siete Fuerzas nos miraba como quien ve a una cucaracha. Su mente y su preocupación andaban por otros lares.
 Esta dura la carga, le dije. Un poquito, respondió el cabrón mirando al suelo. Porqué no pagaste un carro si tienes dinero para la boda, contrataqué. Es que soy pobre y ya gasté lo que tenía, replicó atravezándome con  mirada de machete.
En su humilde español me contó que el yerno iba a poner la comida y la beberecua. A él le correspondía todo lo del ajuar de la casa, el vestido de la novía, los cohetes y el gasto de la misa. ¿Y la música?: "Esa la va  dar un mi hijo, ..trabaja en Tejas, mandó la paga".
También dijo que un compadre le iba a prestar su camioncito para recoger las sillas, pero se le descompuso cuando ya venían a Frontera Comalapa.
En ese momento se estacionó la camioneta de pasajeros que entra a la zona jacalteca. Entre el chalán del chofer y Ramón subieron la carga de sillas atrás, en la redila, en donde venían otros viajeros: algunos hombres parados y mujeres y niños acomodados sobre cajas y bultos. Así es el transporte público en muchas regiones rurales de Chiapas y Centroamérica
Antes que subiera al vehículo le ofrecí a Ramón un par de billetes . Me quedó viendo y habló fuerte " Soy pobre, no limosnero". No compa, insistí, es un regalito para el casorio, mercate un par de cartones de cerveza, a la salud de tu hija. No gracias, dijo de despedida y me dejó con el dinero en la mano.
Y se fue Ramón el Sansón, con su orgullo tan grande como su resistencia y fuerza física. Hombre hecho de todos los colores del maíz, corazón de chile seco. Seguramente creció cargando quintales de café, encorvado en la limpia de la milpa. Con una vida al día, como viven más de 50 millones de mexicanos.
Y yo quedé avergonzado, me sentí guevón, atolondrado, si apenas puedo cargar la bolsa con mi equipo fotográfico mucho menos unas sillas de la que llevaba el Ramón. Con seis de ésas se me chispa una hernia por el culo. ¿Y los gastos de la boda de una hija?, no me quiero sentir mal, así que acelero el paso para alejarme de semejante pensamiento.

sábado, 2 de junio de 2012

El Polo Sur en San Cristóbal.

  

No era granizo era hielo lo que llovía, cubitos de refrigerador, bolitas de pinpón, una de ellas me pegó en la morra y me dejó un chipote. El techo de la terminal de autobuses tronaba como que un río se estaba desplomando encima. La Sombrillona de la ñora que vende pan y atole afuera de la Cristóbal Colón estaba desgarrada como falda de hawaiana. Llegué a Sancris en pleno vejigazo, horas antes había estado con la Simona de Amatenango del Valle, le fui a tomar fotos de sus palomas de barro para un encargo de la revista Mundo Maya. En la chachara con la tía y la mamá, Juliana y Ramona,  se me fueron las horas entreveradas con unas caguamas de  medio día. Cuando tomé la combi o colectivo a San Coleto ya eran como las dos y media. Así que por Rancho Nuevo nos adentramos en un cielo siniestramente rojo y achocolatado, circulando entre ráfagas de viento culeras que empujaba la carcacha colectiva a sarandeadas. En la Curva de los Doctores, por poco nos rompemos la madre pues empezó un aguacero con remolinos de basura y casi nos topeteamos con un  pendejo que invadió el carril contrario y nuestro chofer, otro  penco, no veía por la cascada que nos caía de arriba, pero la libró al último segundo por un pelo de sapo. Todos brincamos y gritamos y el chamulo conductor se puso blanco como posol sin cacao.

Cuando pasamos Salsipuedes empezó la metralla de hielo. Poc,pom, poc, caían caniconas sobre el techo, ¡cuash¡ Qué pictes, esos no son granizo, son piedras. El combero  se paró enmedio de un embotellamiento y nos corrió a todos del vehículo. "¡Hasta aquí llego¡" gritó, como a una cuadra de la terminal de la Colón, a la cual entré con el agua en los calcetines, todo coscorroneado y empapado. En la avenida Insurgentes se empezó a formar  una escena del ártico.La capa de granizo fue creciendo en centímetros y micro icebergs bajaban navegando el cercano y crecido río Amarillo. "Jesús de la Santa Gloria - exclamaba una viejita - mi casa está cerca de La Isla , se va a inundar, San Caralampio protégenos". Media docena de chuchos mojados, calados hasta los huesos, asustados, observaban bajo un alero el brincadero de las chibolas blancas y las toreaban evitando el golpe. Entre la carretera federal y la mentada avenida Insurgentes quedó plantado un nudo de carros sin poder escapar y uno ya flotaba como barco enmedio de los témpanos. 
 Alguien de arriba escuchó a las ruquitas que rezaban porque con un par de truenos escalofriantes se fue la lluvia y paró el granizo, tan rápido y de repente como llegó. Y pareciera broma pero empezó a salir el sol. Afuera de nuestra guarida era el Polo sur en San Cristóbal. Esto me pasó hace como 6 años y se acaba de repetir de nuevo otra supergranizada en el 2012. Los dioses del agua hacen cosas raras en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

viernes, 11 de mayo de 2012

San Pascualito no es un grupo de Rock

 "Chirric, troc, troc, chirric, así truenan las ruedas de madera del carretón de San Pascualito cuando se va acercando. Nada más lo  pueden escuchar los parientes que están a media noche en la casa del moribundo. Pasate de largo san Pascualito,  le rezan, no te parés en esta puerta mi Rey, deja que el enfermo viva otro ratito, papacito. Chirric, troc, troc. Pero el santo calavera ya pintó su raya y el que se tiene que ir, con él se va. Empieza la lloradera mezclada con la ladradera de los chuchos, porque los perros sí pueden verlo. Si te ponés lagaña de perro, cheles de chucho pues, en los ojos, podés mirar el alma de los difuntos. pero te enloqueces y a los 7 días te petatéas también". Cabrones, así me metían miedo mis primos y sus cuates cuando llegaba a Chiapa de Corzo con mi mamá a visitar a mi abuelita Lucinda. Los canijos eran excelente relatores y tenían un menú de cuentos de espantos entre los que sobresalían el Xipe, la Cocha Enfrenada y el Cadejo." No les hagas caso, son unos pendejos, todos esos fantoches no existen, sólo San Pascualito es real", me decía mi Abuelita.
Fotos de Carlos Navarrete Cáceres
San Pascualito tiene su templo formal en  pleno centro de Tuxtla Gutiérrez.  Fue fundado  por una Cofradía de familias de origen indígena zoque, con siglo y medio de antiguedad. Ahí - en santa paz  y respeto a las tradiciones locales -  ofician sacerdotes de la iglesia Católica Ortodoxa Mexicana.
 En lo alto del altar principal está un cajón ataúd sobre cuatro ruedas, en el interior reposa la imagen de madera del patrón de la muerte en Chiapas. Los curas dicen es San Pascual Bailón, los costumbreros lo llaman San Pascualito Rey.
El templo de San Pascualito es una iglesia de ramear. En la puerta una marchanta te vende manojitos de albahaca para la limpia del espíritu.  Adentro, cerca del altar del Patrón, los rameadores por una propina purgan tu alma de cualquier mala vibra, susto, enredo, trabajo, ojo y mal hechado que padezcas. Te puedes limpiar ante el cajón de San Pascualito a ante cualquier otra imagen de las que ahí se encuentran. Están casi todas las del santoral católico mexicano, pero también hay iconos de origen indígena y sincréticos que no reconocen ninguna otra iglesia, como El Niño Llorón, la Cruz Zoque y Fray Agustín García de Cruz, primer obispo del culto tradicional pascualitero.

Del libro San Pascualito Rey y el Culto a la Muerte en Chiapas. Unam.

Aquí los curanderos. rezadores. limpiadores y chamanes pueden trabajar para pedir prosperidad y bienestar o la salud de sus enfermos, vienen de todas partes y de todas la etnias a quemar velas y estoraque, con música de tambor y pito, con ofrendas variadas y joyanaques, a barrer los padecimientos de nuestro yo invisible con rociadas de trago, huevo de gallina, hojas de mataratón y flor de mayo. Lo único que no se permite es la invocación de la maldad. Los sacerdotes y sacristanes están pendientes de que nadie queme velas negras cubiertas de sal, atravezadas de agujas y entierros de muñecos y fotos de mal amores con maldiciones y rezos a Satanacha. A los que los cachan echando brujería son expulsados permanentemente del templo, ya no los dejan entrar y los curitas los tienen bien fichados porque reinciden.

San Pascualito Rey es un santo del pueblo, de los humildes, sus orígenes son indígenas aunque entre sus seguidores hay personas de todas las profesiones y clases sociales.
 Pero también tiene muchos enemigos. Los párrocos de la iglesia católica romana no lo pueden ver ni en pintura. Cuidadito que sepan que simpatizas con la calaquita de san Pascual porque no te bautizan a tus hijos ni te casan o te dan los santos óleos. Y en la misa divulgan  en pleno sermón que fulano o sutano es un hereje ignorante porque lo vieron bailando o comiendo caldo de res en la fiesta del santo calavera en Mayo.
 San Pascualito ha sufrido mucha persecución. Caminó por muchos lugares para llegar a donde esta ahora. En la época de los quemasantos fue ocultado en las cuevas de Cerro Hueco para salvarlo de la hoguera.

La fiesta patronal de San Pascualito Rey es a mediados de mayo.
El 17 bajan el cofre ataúd con ruedas y lo sacan a pasear arriba de una carreta tirada por un caballo, que recorre el centro de la capital de Chiapas. Antes de eso abren tantito el cajón para que los feligreses y chismosos vean por unos segundos a la calaverita de madera de San Pascual. Es el único momento en el año que se permite mirarla destapada. En los días de la fiesta arriban seguidores de todo el estado y de otros rincones de México y Estados Unidos. Hay danzas indígenas, procesiones de los tzotziles de los Altos, las Madres Zoques preparan tinajas de wacaxicaldú - res en caldo - que convidan a todos los visitantes, no falta el pozol, la tamaliza, café con piquete escondido y, desde luego, la marimba.  Cuando no está chambendo, San Pascualito es un santo alegre, arrecho, bailador y por eso no lo quieren los encopetados y atufados ministros y sacerdotes de las otras iglesias.
Joyanaque, ofrenda zoque de hojas y flores
Ahora, no hay que confundir a San Pascualito con la Santísima Muerte. Para nada. Son fuerzas diferentes. Los orígenes de nuestra calaverita están en Chiapas y Guatemala, cuando estos lares formaban parte de una misma Capitanía. La Santísima tiene otras raíces, de más al Norte, creo. El trabajo de San Pascualito es recoger en su carretón a las almas de los que se van y llevarlos al inframundo. El oficio de la otra pálida Dama me parece que reside en la magia de todos los colores. En Chiapas, la veneración a la Santa Muerte es practicamente  una novedad. En 1870 San Pascualito ya contaba con una cofradía en Tuxtla Gutiérrez. Aunque son la misma huesa, son calaquitas con su propia y particular personalidad. Que quede claro.

Hace algún tiempo, trabajando en San Cristóbal con unos colegas de la televisora de Durango estaba vestido con una mi camisetona negra con el dibujo de Santo calavera en el pecho y su nombre que lo identificaba. Y un compachi se acercó y me preguntó si me gustaba San Pascualito Rey.  Aguevo, le dije, es algo muy Chiapaneco. No es cierto,  respondió, los de San Pascualito son del centro de México, acaban de dar un concierto bien chingón en Mazatlán y yo estuve ahí, rokeando. Ah cabrón. Me enteré así que hay un grupito de peluditos autobautizados con el apelativo del mero rey,  que tocan dark guapachoso con raíces melódicas del corazón de México, y al parecer con muy buena aceptación entre la jabalinada joven. Han sido nominados para el latín gramy y tienen cosecha de éxitos más allá de las fronteras. Bien por esos macisos que están poniendo el nombre de su mero padre en la boca de muchos que no saben ni que pedo. La alma huesudita debe estar contenta. Ojalá que algún día estos batos se revienten un toquin afuera de su templo en Tuxtla o en la ribera de Cupasmí y sientan la  reata seca y se rameen con ixcanal para que se catapulten de una vez por todas con la mera banda pascualitera y con el master de la carreta que de triste no tiene un coyol partido por la mitad.


Yo a veces, cuando voy a su templo le cantó a San Pascualito esa rolita del gran Atahualpa, que parece que se la hubieran compuesto para él : "porque no engraso los ejes me llaman abandonado, si a mi me gusta que suenen, pa que los quiero engrasados..Los ejes de mi carreta, nunca los voy a engrasar".


  Para Jesús Izquierdo, Pepe López, Blanca Margarita y Pancho Corzo.  Amigos que apenas se los acaba de llevar San Pascualito en diferentes recorridos.